María ya había comprado su billete a México y yo, con los restos de dinero ahorrado que tenía, también lo hice. Por supuesto antes de irnos quería estar seguro de que todo estaba bajo control, por lo menos en Polonia. Mi trabajo, mis hijos y Virginia. Matilda, Juan y Canela, mis hijos, ya tenían sus propias vidas. Eran aún muy jovencitos pero ya cada uno estaba en otra parte del mundo estudiando o trabajando y realizando sus sueños. Estaba muy orgulloso de ellos. Matilda se parecía mucho su madre, se emocionaba fácilmente y antes de preocuparse por sí misma quería salvar a todo el mundo sin pensar de las consecuencias. Tenían la misma sonrisa y cada uno de sus movimientos me hacía pensar que estoy mirando a María. Juan, después de cumplir 19 años, se fue al extranjero, siempre decía que quiere una vida cómoda y que no lo podrá lograr en Polonia. Por suerte encontró un buen trabajo y vive con su novia, una chica muy amable. Canela era la menor y desgraciadamente la que tenía las peores experiencias de todos nosotros, bueno por lo menos hasta ese momento. Nunca sabía lo que quería hacer en su vida, no tenía planes y viendo que sus hermanos trataban de estabilizar sus vidas ella se ponía triste y hasta celosa. Trabajó en diferentes lugares, tuvo una vida amorosa muy difícil y complicada y también decidió marcharse a otro país para ver si el destino le traía algo bueno. Al principio no fue tan fácil como pensaba y le costó muchísimo adaptarse pero con el tiempo su vida cambiaba poco a poco hasta finalmente alcanzar la felicidad y eso era lo que me alegraba mucho.
Me encontré con Virginia. No le conté nada de lo que estaba pasando. Sabía que estaría muy preocupada y solo le dije que me tomaría unos días de descanso fuera del país con María y trataríamos de reparar nuestra relación. Noté en la cara de Pola, la hija de Virginia, que no me creía ni un poco de lo que decía, pero bueno... Era mi asunto, no el suyo. Aunque su mirada casi me obligaba a decir toda la verdad, no lo hice.
Estaba todo preparado y yo estaba tan nervioso y pálido que al llegar al aeropuerto María preguntó si estaba seguro de lo que hacía y que en cada momento podía retirarme. Jamás la había visto tan preocupada y me daba la impresión que prefería que me quedara en casa porque ni siquiera ella sabía que pasaría.
Durante todo el vuelo nos cogíamos de la mano fuertemente y no dijimos ni una sola palabra. Después de un largísimo viaje y a unos minutos antes de aterrizar Maria dijo solo dos palabras: - tengo miedo.
Cuando le di una mirada se me puso la piel de gallina. Yo estaba igualmente atormentado que ella.